
El hospital acababa de recibir a la nueva promoción de médicos residentes. Jóvenes, con la mirada brillante y los nervios a flor de piel, se movían por los pasillos con sus batas recién estrenadas y los fonendoscopios colgando del cuello como un símbolo de pertenencia. Todos querían demostrar su valía, sabían que los ojos del comandante E. —un hombre de mirada severa y fama de elegir con precisión quirúrgica— estaban puestos sobre ellos.
No era un examen cualquiera. Aquella no era una simple selección de profesionales para cubrir vacantes en diferentes áreas. El comandante E. buscaba algo más: un agente especial oculto entre el grupo, alguien capaz de pensar más allá de la medicina, de usar la ciencia y el conocimiento como armas en un campo mucho más amplio que el clínico.
Los aspirantes pasaban consulta simulada, analizaban diagnósticos ficticios y resolvían emergencias diseñadas para llevarlos al límite. La mayoría se ceñía al protocolo, aplicando las guías con precisión automática. Correcto, sí, pero predecible. El comandante los observaba en silencio desde una sala acristalada, anotando detalles, descartando mentalmente a quienes solo repetían lo aprendido.
Entonces apareció él. Un joven médico de mirada serena, que no solo atendía al “paciente” sino que observaba también a los compañeros, a los detalles del entorno, incluso a la enfermera que hacía de asistente en la prueba. Preguntaba lo justo, pero cada pregunta revelaba una mente que iba un paso más allá. Cuando la situación simulada se complicó y el caso derivó en un escenario imprevisto, fue el único que no se bloqueó. Redibujó el problema en segundos, reorganizó prioridades y propuso una solución que nadie había considerado.
El comandante E. inclinó la cabeza. Aquello era lo que buscaba: inteligencia aplicada con frialdad, visión lateral, capacidad de improvisar sin perder la lógica.
Al finalizar la jornada, reunió al grupo en el aula principal. Los médicos esperaban la lista de seleccionados para las diferentes especialidades, pero solo pronunció un nombre. El elegido avanzó con paso firme, sin sorpresa en el rostro, como si lo hubiera intuido desde el principio.
—Tú no serás solo médico —dijo el comandante, clavando en él una mirada intensa—. Tú serás agente. Porque donde otros ven un diagnóstico, tú ves un sistema; donde otros se detienen, tú avanzas.
El murmullo recorrió la sala, mezcla de admiración y desconcierto. El comandante E. sabía que acababa de escoger a alguien distinto. No a un simple profesional de la salud, sino a una mente estratégica, alguien capaz de sanar cuerpos y, al mismo tiempo, leer el mundo como si fuera un paciente en plena crisis.
La selección había concluido. En medio de un hospital, entre los nuevos médicos, había nacido un agente destinado a mucho más que ejercer la medicina.