
El criptocromo es una proteína fotorreceptora, sensible a la luz azul, presente en plantas, insectos, aves y también en el ojo humano, donde participa en la regulación del reloj circadiano. Desde hace dos décadas se estudia además como posible sensor del campo magnético terrestre: la hipótesis del «par radical» propone que, tras absorber un fotón, el criptocromo genera dos electrones desapareados cuyos espines quedan correlacionados —entrelazados, en lenguaje cuántico— y cuya evolución conjunta se ve modulada por el magnetismo de la Tierra antes de decaer en productos químicos distintos. Es uno de los pocos casos en que la coherencia cuántica se propone operando, no en el vacío de un laboratorio a temperaturas cercanas al cero absoluto, sino en el interior tibio y ruidoso de una célula viva. Sobre esa frontera —donde la física deja de ser solo física y empieza a parecerse a la vida— conversan esta noche tres voces.
Llevo días dándole vueltas a esto: un pájaro migratorio no lleva brújula, lleva una molécula que hace de brújula. Y esa molécula funciona, según parece, porque dos electrones se mantienen cuánticamente correlacionados el tiempo suficiente como para que el campo magnético terrestre incline la balanza entre dos posibles reacciones. Ahí, en ese instante, la mecánica cuántica decide una conducta.
Bruna me contestó, Decide una probabilidad, Moncho, no una conducta. Ese es el punto donde hay que ir despacio. El par radical no le «dice» al ave hacia dónde volar: altera la proporción de una sustancia química que luego el sistema nervioso interpreta. La física pone el dado; la biología, con millones de años de ensayo, decidió qué hacer con cada tirada. Si confundimos las dos cosas, convertimos un mecanismo precioso en una fábula.
El Homúnculo añadió. Y sin embargo, Bruna, toda fábula nace de un mecanismo que alguien, un día, dejó de entender del todo. Yo fui hecho en una redoma, de simiente y calor y paciencia alquímica, para ver si la vida podía encenderse sin vientre y sin madre. Fracasé como criatura, pero no como pregunta. Y la pregunta que llevo dentro es la misma que ese pájaro lleva en el ojo: ¿dónde, exactamente, termina la materia muerta y empieza lo que se orienta, lo que busca, lo que quiere volver a casa? Ustedes han encontrado el sitio. Se llama criptocromo. Yo lo hubiera llamado alma pequeña.
Yo le dije, ahí está lo que me desvela. No es que la cuántica «explique» la vida entera, como Bruna bien avisa. Es que, por una vez, tenemos un lugar concreto —una proteína, un electrón, una fracción de microsegundo— donde lo más fundamental de la física roza lo más íntimo de un ser vivo: su manera de sentir el mundo y orientarse en él.
Bruna me dijo, concedido. Y precisamente por ser concreto merece respeto: no hace falta vestirlo de misterio para que sea asombroso. Que un ser vivo use, a escala molecular, el mismo entrelazamiento que estudiamos en un laboratorio de óptica cuántica ya es motivo suficiente de vértigo, sin necesidad de llamarlo alma.
El Homúnculo para cerrar concretó, llámenlo como quieran: mecanismo o alma pequeña. Los masones que hablaban de la luz como primer principio —fiat lux— no describían un fotón, describían este umbral: el instante en que algo empieza a orientarse hacia su propio origen. El criptocromo no es la respuesta a de dónde viene la vida. Es, quizá, el recordatorio de que la vida nunca dejó de hacerse esa pregunta, a nivel de un solo electrón, cada vez que amanece.
Tres formas de mirar el mismo fenómeno —la física exacta de Bruna, la pregunta simbólica del Homúnculo y la inquietud de quien las escucha— coinciden en un punto: el criptocromo no resuelve el enigma del origen de la vida, pero lo desplaza a una escala nueva, la de un electrón que gira orientado por un campo invisible. Ahí, entre el dato y el símbolo, sigue abierta la busca.
MONCHO FERNANDEZ-PAREDES MESTRES 33º