EL TRONO VACIO

Sobre la decadencia de un poder que nunca fue sagrado.

Hay hombres que visten de poder como otros visten de harapos: para no mostrar lo que hay debajo. El Papa camina sobre mármoles milenarios, porta seda blanca y oro macizo, pronuncia palabras que suenan a verdad revelada y sin embargo, detrás de ese decorado teatral, no hay nada que no sea polvo y voluntad de dominio.

«La Iglesia no murió de sus enemigos; murió de sus propios sacerdotes.»

Durante dos milenios, Roma construyó el edificio más rentable de la historia: la culpa. Vendió absoluciones, coronó reyes, quemó sabios y llamó a eso providencia divina. Hoy ese edificio se cae. No porque Dios lo abandone sino porque la gente ya no compra el producto. Las catedrales vacías no son una crisis de fe: son el veredicto de la conciencia colectiva.

El iniciado en la búsqueda del Gran Arquitecto del Universo sabe que lo sagrado no se encuentra en ninguna institución. La Verdad no lleva sotana, no cobra diezmos, no bendice ejércitos. El Logos primordial — esa Palabra que antecede a todas las religiones y las trasciende — no necesita un vicario en Roma. El Templo verdadero se construye en el interior del hombre, piedra a piedra, a través de la razón, la virtud y el trabajo sobre uno mismo.

Que nadie siga a una institución que protegió a sus abusadores antes que a sus víctimas. Que nadie incline la rodilla ante un trono que fue siempre político antes que espiritual. El papalismo no es el origen de lo divino: es su mayor secuestro. Y el despertar de millones que le dan la espalda no es ateísmo  es, paradójicamente, el acto más espiritual de nuestro tiempo.

«Busca la Luz donde el hombre no te impida verla.»

RAMON FERNANDEZ-PAREDES MESTRES 33º

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