EL MASON VAGABUNDO II

La Filosofia del Umbral y la Travesia del Ser

Como continuación añorando siempre….

Hay momentos en la vida del iniciado donde el templo se vuelve demasiado estrecho para el alma que ha crecido. No es traición. Es madurez. El texto del Masón Vagabundo nos sitúa precisamente en ese instante liminal —ese umbral donde la pertenencia formal ya no alcanza a saciar la sed de lo esencial— y nos ofrece una meditación sobre una de las tensiones más antiguas de la experiencia humana: la que existe entre la comunidad y la soledad, entre la tradición y el camino propio.

El fracaso de la dicha como punto de partida filosófico

El texto abre con una afirmación que merece detenerse: “cuando la dicha no es buena”. No dice que la dicha sea falsa, ni que la hermandad sea vacía. Dice algo más sutil y más honesto: que hay momentos en que incluso aquello que debería bastar, no basta. Esta es la experiencia de la inquietud irreductible, aquella que Agustín de Hipona reconoció cuando escribió que el corazón humano está hecho para algo que ninguna compañía terrena puede plenamente satisfacer. El masón vagabundo no huye de la mediocridad ajena; huye de la mediocridad de su propia conformidad.

Desde esta perspectiva, el abandono de la logia no es nihilismo, sino vocación. Es la respuesta a una llamada interior que las tenidas formales ya no logran silenciar.

El océano como metáfora del conocimiento sin orillas

La imagen central del texto es la del viaje marítimo hacia una orilla desconocida. El océano, en la tradición simbólica, no es el caos sino la plenitud aún informe: aquello que existe antes de que el nombre lo delimite. El masón vagabundo no sabe qué encontrará al otro lado, y esa incertidumbre no lo paraliza; lo libera. Aquí resuena la filosofía kierkegaardiana del salto: no hay certeza previa que justifique el movimiento auténtico del espíritu. La fe —en su sentido más amplio y filosófico— no es la eliminación del riesgo sino la decisión de habitarlo.

La capa del conocimiento adquirido con la que se embarca no es arrogancia; es equipaje legítimo. El iniciado no sale desnudo al océano. Sale vestido con lo que genuinamente ha integrado, no con lo que meramente ha acumulado.

La soledad como camino, no como castigo

Uno de los elementos más profundos del texto es su reivindicación de la meditación solitaria como espacio privilegiado de iluminación. El jugo de los frutos —metáfora hermosa de la experiencia vivida y destilada— no se extrae en el ruido de las ceremonias colectivas sino en el silencio del tamiz interior. Esta idea conecta con las grandes tradiciones contemplativas: desde los eremitas del desierto hasta los maestros zen, pasando por los filósofos estoicos que hacían del recogimiento interior la condición de toda sabiduría genuina.

No se trata de solipsismo. El masón vagabundo mantiene el lazo místico con sus hermanos incluso en su ausencia. La distancia geográfica o institucional no rompe el vínculo que nació en la profundidad del corazón. Hay aquí una intuición extraordinariamente moderna: que la comunidad más verdadera no requiere proximidad física, sino resonancia espiritual.

El asiento vacío como presencia permanente

El texto cierra con una imagen de gran belleza simbólica: el asiento vacío en la logia que guarda un trocito de alma de quienes ya no están presentes. Esto no es nostalgia; es ontología. Nos dice que el ser humano no puede ser reducido a su presencia inmediata. Dejamos huellas en los espacios que habitamos, en las personas que tocamos, en los silencios que compartimos.

Esta idea anticipa lo que la filosofía contemporánea llamaría una ética del rastro: somos, en parte, lo que dejamos en los otros.

 Conclusión: el vagabundeo como forma superior de fidelidad

Paradójicamente, el masón vagabundo es el más fiel de todos. Fiel no a la institución, sino a aquello que la institución pretendía enseñarle. Al partir, honra la enseñanza más que aquellos que se quedaron sin haberla realmente recibido. Su viaje no es una deserción sino una consumación.

La filosofía del masón vagabundo es, en última instancia, una filosofía de la autenticidad: la convicción de que hay caminos que sólo pueden recorrerse solos, y que recorrerlos es la ofrenda más verdadera que podemos hacer tanto a nosotros mismos como a quienes amamos.

“Este es el sueño. Esta es la realidad.”

MONCHO FERNANDEZ-PAREDES MESTRES 33º

Comprobar también

EL TRONO VACIO

Sobre la decadencia de un poder que nunca fue sagrado. Hay hombres que visten de …