
El espacio de variantes y el Templo Interior
Nos habíamos citado, como tantas otras tardes, en la biblioteca que Bruna guarda como quien guarda un jardín: en penumbra, con los libros ordenados no por autor sino por afinidad de alma. Sobre la mesa, entre incienso de sándalo y una vela que apenas parpadeaba, descansaba mi ejemplar subrayado de Reality Transurfing, de Vadim Zeland.
—Así que has vuelto con el ruso —dijo Bruna, sin levantar la vista del volumen que hojeaba, algo de Fulcanelli, o quizás una edición vieja del Kybalion. Siempre mezclaba sus lecturas como quien mezcla licores.
—He vuelto con el ruso —respondí— porque no dejo de encontrar en él ecos de cosas que tú me enseñaste hace tiempo, y quería saber si me equivoco o si simplemente todos bebemos del mismo pozo.
Bruna cerró el libro despacio, con ese gesto suyo de quien concede tiempo antes de conceder palabras.
—Cuéntame primero qué dice tu ruso. Luego veremos de qué pozo bebe.
Le resumí la tesis central: que la realidad no es una línea única que se construye hacia adelante, sino un espacio de variantes ya existente, infinito, donde cada posibilidad —cada vida que podrías vivir— está de algún modo ya «escrita» en potencia. Que no creamos el mundo, lo seleccionamos según nuestro estado interior. Que hay péndulos energéticos, egregores como los llamaría ella, que se alimentan de nuestra atención y de nuestro miedo. Y que el gran obstáculo para «materializar» cualquier variante es lo que Zeland llama la importancia excesiva: desear algo con tanta ansiedad que uno mismo genera la resistencia que lo aleja.
Bruna escuchó todo esto con esa media sonrisa que reserva para cuando algo le resulta a la vez familiar y sospechoso.
—¿Sabes lo que acabas de describir? —dijo por fin—. Acabas de describir, con vocabulario de física de divulgación y aroma a librería de aeropuerto, el Todo hermético. «El Todo es Mente; el Universo es Mental», dice el primer principio del Kybalion. Si el universo es mental, entonces no hay una única realidad material fija esperando ser descubierta por los sentidos, sino un campo de posibilidades que se organiza según la vibración de la conciencia que lo contempla. Tu ruso no ha inventado el espacio de variantes: lo ha traducido al lenguaje de la física cuántica pop, que es el idioma sagrado de nuestra época, como el latín lo fue para los alquimistas.
—Pero él insiste en que no es metáfora, que habla en serio de física —objeté—. Cita la interpretación de universos múltiples, colapso de la función de onda…
—Y ahí está su pecado y su virtud a la vez —replicó Bruna, sirviéndome un té que ya se enfriaba—. Su pecado es de forma: viste de ciencia lo que es, en el fondo, metafísica pura, y eso lo vuelve sospechoso para cualquiera con formación rigurosa. Pero su virtud es de fondo: ha intuido, aunque sea por la puerta trasera, algo que nuestra tradición viene diciendo desde Hermes Trismegisto hasta los constructores de catedrales. Que el mundo exterior es correspondencia del mundo interior. «Como es arriba, es abajo» —el segundo principio, ¿recuerdas?—. Sus «péndulos» que se alimentan de nuestra energía y que hay que dejar de empujar, ¿no son acaso los mismos egregores de los que hablamos cuando estudiamos las corrientes de pensamiento colectivo? ¿No es su «dejar de resistir al péndulo» el mismo consejo que da el maestro masón cuando enseña a desprenderse del ego para que la Obra avance sin la interferencia de la voluntad personal exasperada?
Me quedé en silencio un momento, dejando que la comparación se asentara.
—Entonces tú sí ves un puente real entre Transurfing y el pensamiento hermético-masónico. No es solo coincidencia de vocabulario.
—Hay coincidencia de vocabulario, sí, y también hay algo más profundo —dijo Bruna, ahora inclinándose hacia adelante, con ese fuego que le sube a los ojos cuando el tema le apasiona de verdad—. Piensa en el Templo interior. En la masonería especulativa no construimos catedrales de piedra: tallamos la piedra bruta de nuestro propio ser. El aprendiz trabaja sobre sí mismo para que su interior refleje el orden, la proporción, la armonía que luego —y solo entonces— podrá proyectar hacia el mundo exterior. Eso es exactamente lo que Zeland pide con su «coordinación de la intención interior y exterior»: que actúes en el mundo, sí, pero que primero ordenes tu estado interno, porque el mundo —dice él— es un espejo. Y el espejo, querido mío, es una de las imágenes más viejas de nuestra tradición. El alquimista trabaja su materia prima sabiendo que esa materia es también su propia alma. Solve et coagula: disolver la importancia excesiva, el apego, el miedo —lo que él llama «importancia»— y luego recoagular una intención limpia, ligera, sin ansiedad. Eso no es más que una alquimia interior con otro nombre.
—¿Y qué hay de la crítica que le hacen? —pregunté—. Que carece de rigor, que mezcla ciencia con esoterismo de forma irresponsable, que puede alimentar un pensamiento mágico ingenuo: «si lo deseo sin apego, el universo me lo dará».
Bruna asintió, seria de pronto.
—Esa crítica es justa y hay que sostenerla con la misma firmeza con que reconocemos el eco hermético —dijo—. Nuestra tradición nunca prometió resultados mágicos gratuitos. El símbolo no sustituye al trabajo; lo acompaña. Cuando el hermetismo dice «como es arriba es abajo», no está ofreciendo un atajo para manifestar un coche nuevo sin esfuerzo: está describiendo una ley de correspondencia que exige, precisamente, el trabajo largo y silencioso de la piedra bruta. El peligro de divulgadores como Zeland —y no es el único, toda la estirpe que va desde el Nuevo Pensamiento norteamericano del siglo XIX hasta El Secreto— es que convierten una disciplina interior exigente en una técnica de consumo: «piensa distinto y la realidad cambiará de variante», sin el trabajo ético, sin la purificación real, sin el símbolo entendido en su hondura. Se quedan con la cáscara y llaman fruto a la cáscara.
—Entonces lo lees como una versión popular, simplificada, quizás legítima en su intuición pero pobre en su desarrollo, de algo que la tradición hermético-masónica trabaja con mucha más profundidad y exigencia ética.
—Exactamente —dijo Bruna, y por primera vez sonrió del todo—. Y hay un punto más que no quiero dejar pasar, porque es el que más me interesa a mí en tu búsqueda del origen de la vida y del sentido: el espacio de variantes de Zeland, ese océano infinito de posibilidades ya existentes, es una imagen muy cercana al pléroma gnóstico, a la materia prima de los alquimistas, incluso al Ain Soph de la Cábala: la plenitud indiferenciada de la que todo emerge. La pregunta hermética no es «¿cómo selecciono la variante que quiero?», sino «¿qué soy yo, que puedo seleccionar entre variantes?». Ese «yo» que elige es, para nosotros, la chispa divina, el punto geométrico del que habla la simbología masónica, el centro desde el cual se traza el círculo. Zeland se queda en la técnica de selección. La tradición hermética pregunta por el que selecciona.
El té ya estaba frío. Afuera, alguna campana lejana dio la hora sin que ninguno de los dos la contáramos.
—Me llevo entonces esto —dije, cerrando el libro—: que el Transurfing puede leerse como un fragmento, honesto pero incompleto, de una sabiduría mucho más antigua. Útil como primer peldaño, insuficiente como templo.
—Útil como primer peldaño —repitió Bruna, como quien sella un pacto—. Pero recuerda siempre, querido, que el peldaño no es la escalera, y la escalera no es el cielo. Sigue subiendo.
Apagó la vela. La conversación, como tantas otras entre nosotros, no terminó: simplemente se quedó en silencio, esperando la próxima tarde en que volviéramos a abrir un libro distinto para decir, en el fondo, la misma cosa.
MONCHO FERNANDEZ-PAREDES MESTRES 33º