
«Ser o no ser», lee el homúnculo, marcando cada sílaba como quien camina sobre hielo. «Doctor, esto no es una pregunta. Es una trampa. Porque para preguntarse si se es, ya hay que ser lo suficiente como para preguntar».
Sonrío sin levantar la vista de mis propias manos, que hoy me parecen más viejas que ayer.
«Esa es exactamente la grieta por donde se cuela Hamlet, homúnculo. No pregunta si existe: eso ya lo sabe, dolorosamente. Pregunta si merece la pena sostener la existencia frente al peso de padecerla. “Sufrir los golpes de la fortuna ultrajante, o tomar las armas contra un mar de calamidades y, oponiéndose, acabar con ellas”. No es metafísica pura: es cirugía. Es la pregunta que uno se hace con el bisturí en la mano, no con la pluma».
Bruna baja del muro con la lentitud ceremonial de quien no tiene ninguna prisa por llegar a ningún sitio, porque ya está en todos.
«Los gatos no nos hacemos esa pregunta», dice, y su voz, cuando decide prestármela, tiene el timbre bajo de las cosas que han visto muchas noches. «No porque no sepamos morir, sino porque sabemos algo que Hamlet todavía no sabe: que “no ser” no es una opción disponible. Es una palabra hueca que los hombres inventaron para nombrar lo que no pueden mirar de frente. El príncipe teme la nada, y por eso la nombra “no ser”. Pero la nada, Moncho, no existe en ningún sistema que yo haya cazado, olido o dormido».
«Entonces qué es morir», pregunta el homúnculo, y por una vez la pregunta le sale limpia, sin ironía, como un cuchillo recién afilado que sorprende al que lo empuña.
«Morir es el segundo verso», dice Bruna. «“Morir, dormir; dormir, tal vez soñar”. Ahí está el verdadero centro del monólogo, y los hombres, con su prisa, suelen resbalar sobre él para llegar antes al “ser o no ser” y hacerse una fotografía filosófica con la calavera. Pero Shakespeare, que algo sabía de logias invisibles aunque nunca pisara una con mandil, entendió que la muerte no se opone a la vida: se opone a la vigilia. Morir es, para Hamlet, quedarse dormido. Y ahí es donde a mí, que duermo dieciséis horas al día por vocación y no por pereza, me parece que el príncipe empieza a hablar mi idioma».
El homúnculo se sienta sobre una piedra caliente todavía por el sol que ya se ha ido, y hace ese gesto suyo de fruncir el ceño con todo el cuerpo.
«Pero si morir es dormir, doctor, entonces cuando yo sueño… ¿ya he empezado a practicar la muerte cada noche? Porque anoche soñé que era un homúnculo hecho de cera y que alguien me acercaba una vela. Y dentro de ese sueño, me quedé dormido. Y en ese segundo sueño soñé que despertaba en la finca, junto a Bruna, y le contaba el sueño de la cera. Y ella, la Bruna del sueño, me miró como me mira ahora, y me dijo que ese despertar también era un sueño. Doctor: ¿cuántos suelos hay que atravesar antes de tocar el que no se hunde?».
Dejo el libro sobre mis rodillas. Es la pregunta, sospecho, para la que llevo toda la tarde esperando sin saberlo.
«Ahí está el verso que Hamlet no llega a escribir, homúnculo, pero que su lógica exige: “to sleep, perchance to dream”, y del sueño, el temor a “qué sueños pueden venir”. Él se detiene en el umbral porque teme el contenido del sueño de la muerte. Tú has hecho algo más audaz, y quizá más peligroso: has preguntado no qué se sueña, sino cuántas veces hay que despertar para dejar de soñar. Y esa es la pregunta que en la Cámara de Reflexión no se responde con palabras, sino con oscuridad y con tiempo. Porque el candidato que entra en esa cámara está practicando exactamente tu ejercicio: muere a un estado para nacer, cree, al estado de vigilia superior. Pero ¿y si esa vigilia es, a su vez, la cera de otra vela?».
Bruna estira una pata delante de sí, con esa lentitud que en ella es siempre argumento, nunca gesto vacío.
«Los hermetistas tenían una palabra bonita para esto: velos. No un velo, sino velos, en plural, uno detrás de otro, como las capas de una cebolla que Isis se negó a terminar de pelar porque sabía que el centro no era una cosa, sino un vacío fértil. El error de los hombres, homúnculo, no es soñar que sueñan. Es creer que existe un piso de cemento en algún nivel, un “despertar definitivo” que ya no pueda desmentirse. Nosotros, los gatos, dormimos sin esa ansiedad porque no buscamos el suelo firme. Nos basta la rama que nos sostiene ahora, sabiendo que hay otra rama debajo, y otra, y que el árbol entero es, de algún modo, una sola cosa que sueña ramas».
«Eso es descorazonador», murmura el homúnculo, y de verdad parece afligido, con esa fragilidad de cera que le sale cuando la comedia se le cae de las manos sin querer. «Si no hay suelo, doctor, ¿en qué me apoyo para no seguir cayendo?».
Miro hacia el cielo, donde ya se adivina la primera estrella, que tampoco es una estrella sino la luz vieja de una que quizá ya no está, viajando hacia nosotros como un sueño que llega con siglos de retraso.
«Te apoyas en la pregunta misma, homúnculo. Ahí está la ironía final del monólogo de Hamlet, la que casi nadie repara al citarlo en las aulas: el príncipe concluye que “la conciencia nos hace a todos cobardes”, que es el pensar, el “pale cast of thought”, lo que enferma la acción resuelta. Pero yo, que he abierto tórax con estas manos y he visto el corazón latir sin pedirle permiso a ninguna filosofía, te digo que ese “pensar” no es una enfermedad: es el único instrumento que tenemos para no dormirnos del todo dentro del sueño. La conciencia de estar soñando no despierta al soñador de golpe, pero cambia la calidad del sueño. Lo hace lúcido. Y un sueño lúcido, homúnculo, ya no es una cárcel: es un templo provisional».
Bruna salta a mi regazo, algo que hace pocas veces y siempre como un veredicto.
«El Gran Arquitecto», dice, y su ronroneo empieza como acompañamiento y termina como argumento, «no construye el edificio para que dejemos de soñar que lo habitamos. Lo construye para que soñemos con método. Grado tras grado, cámara tras cámara, sueño tras sueño, no hacia una salida, sino hacia una arquitectura cada vez más consciente de sí misma. El sueño de los sueños no es el enésimo sueño, homúnculo: es el instante en que el que sueña empieza a firmar sus propios sueños con su nombre».
Se hace un silencio largo, del tipo que en la finca no incomoda a nadie, porque aquí el silencio también tiene su función en el diálogo, como el descanso en la partitura.
«Entonces», dice al fin el homúnculo, con la voz de quien acaba de dejar una vela encendida en la ventana correcta, «la muerte de Hamlet no era temible por ser el final. Era temible por ser un sueño sin firma. Un país del que, dice él, “ningún viajero regresa”, porque regresar exige recordar que uno soñó, y para eso hace falta el mismo hilo de conciencia que tú llamas Logos, doctor, y que Bruna llama, sencillamente, quedarse quieta a tiempo».
Cierro el libro. La tapa, al encajar, hace un ruido seco que en cualquier otra tarde sería solo un ruido, y que esta noche suena, sin que yo pueda evitarlo, como el golpe de un mazo sobre una piedra bruta que empieza, apenas, a parecerse a un cubo.
«Buenas noches, homúnculo. Sueña con método».
«Buenas noches, Bruna. Sueña sin miedo».
«Buenas noches, Moncho», dice ella, ya medio dormida sobre mis rodillas, con la certeza tranquila de quien no necesita preguntarse si es o no es, porque lleva toda la vida despertando dentro de la respuesta.
MONCHO FERNANDEZ-PAREDES MESTRES 33º