ESTEGANOGRAFIA

LA TINTA QUE CALLA

Anochece sobre la finca con esa lentitud de página que se deja leer sin prisa. Yo estaba en el porche, con un cuaderno abierto y ningún propósito claro, cuando Bruna saltó al alféizar y se sentó a mirarme escribir, como quien vigila que las palabras no se derramen fuera del margen. El homúnculo, sentado en el peldaño de piedra, mordisqueaba una brizna de espliego con la seriedad de un notario.

—Escribes y tachas —dijo Bruna sin abrir del todo los ojos—. Como si el papel tuviera memoria de lo que borras.

—La tiene —respondí—. Estaba pensando en la esteganografía: el arte de esconder un mensaje dentro de otro, de modo que el segundo texto ni siquiera parezca un texto. No un código que se descifra, sino una presencia que ni se sospecha.

El homúnculo levantó la cabeza, interesado de golpe, como siempre que olfateaba un truco.

—¿Como cuando escondo las nueces debajo de la maceta y tú crees que solo hay tierra?

—Exactamente así, y exactamente al revés —dijo Bruna, dejando caer la cola con la parsimonia de quien corrige a un discípulo torpe—. Tú escondes las nueces para que nadie las vea. El esteganógrafo esconde el mensaje para que nadie sepa que hay algo que ver. La tierra sigue pareciendo tierra.

Guardé silencio un instante, porque en esa distinción cabía media tradición hermética. Los antiguos no cifraban solo por prudencia ante la persecución; cifraban porque ciertas verdades, dichas a quien no está preparado, se corrompen en la boca que las recibe. El catecismo se transmite de grado en grado no porque el texto sea secreto, sino porque el texto sin el grado es ruido. La logia entera es una estenografía construida en piedra: columnas, pavimento ajedrezado, la escuadra y el compás, un friso que cualquier transeúnte mira sin ver y que el iniciado lee como quien encuentra su nombre escrito en el reverso de un cuadro.

—Entonces la finca también miente —dijo el homúnculo, ya despierto del todo, buscando la trampa como quien busca la última nuez.

—La finca no miente —corrigió Bruna—. Calla en varios niveles a la vez. El olivo es sombra para quien solo busca sombra, es reloj de savia para quien sabe leer sus anillos, y es pariente para quien entiende que compartimos con él la misma química que enciende una hoja o un pensamiento.

Fue entonces cuando até el cabo que llevaba semanas suelto. Si la vida misma es, en su origen, un mensaje que se transmite sin declararse mensaje —la doble hélice guardando su instrucción entre bases que a simple vista solo parecen repetición, adenina y timina alternándose como un ornamento sin sentido hasta que alguien aprende a leerlas—, entonces la molécula primigenia no fue un texto abierto, sino el primer soporte esteganográfico del cosmos. El Logos no gritó su fórmula: la escondió en la textura misma de la materia, dejando que la piedra pareciera piedra y el agua pareciera agua hasta que, tras miles de millones de años de paciencia, algo dentro de esa agua aprendió a leerse a sí mismo.

—Entonces yo también soy un mensaje escondido —dijo el homúnculo, hinchándose un poco de orgullo, como si acabara de ser nombrado correo diplomático del universo.

—Todos lo somos —dijo Bruna, cerrando los ojos por fin—. La diferencia entre tú y una piedra no es que tú lleves mensaje y ella no. Es que tú, además de llevarlo, puedes sospechar que lo llevas. Esa sospecha es toda la iniciación que existe.

Cerré el cuaderno sin terminar la frase que había empezado a tachar. Algunas verdades, pensé, se escriben mejor así: como la savia bajo la corteza, como la clave bajo la tierra removida, como el instante en que Bruna, ya dormida, seguía pareciendo solo una gata.

MONCHO FERNANDEZ-PAREDES MESTRES 33º

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