EL PRINCIPIO DE INCERTIDUMBRE

CRITICA A LAS REUNIONES INUTILES

I. Tres horas

Volví de la reunión con esa sensación que solo conocen quienes han pasado tres horas alrededor de una mesa ovalada viendo cómo el tiempo se evaporaba igual que el agua de un botijo mal cocido. Tres horas. Doce personas. Un orden del día de cinco puntos, de los cuales se trataron dos, se aplazó uno y los otros dos quedaron emplazados para una nueva reunión que, naturalmente, tendrá su propio orden del día.

Bruna estaba donde siempre a esa hora, sobre el murete de piedra seca que separa la era del olivar, con las patas recogidas bajo el pecho en esa postura que adoptan los gatos cuando ya han resuelto el universo y no tienen la menor intención de compartirlo. Ni siquiera abrió los ojos cuando me senté a su lado. El homúnculo, en cambio, llegó corriendo desde el almendro con una libreta bajo el brazo y un lápiz detrás de la oreja, que en él es una oreja considerable.

—¿Has levantado acta? ¿Quién votó qué? ¿Cuánto duró cada intervención, al segundo? Dámelo todo. Si lo apuntamos TODO sabremos exactamente dónde se perdió el tiempo, y podremos ir a buscarlo.

Le expliqué que el tiempo no se recupera, que se pierde como se pierde el agua en la arena del barranco. Pero él ya estaba trazando columnas con regla imaginaria.

La gata abrió un ojo. Solo uno. En un gato, eso equivale a pedir la palabra en el pleno.

—Heisenberg.

Y volvió a cerrarlo. Una sola palabra, pronunciada con la desgana de quien deja caer una piedra en el pozo sabiendo de antemano cuánto tardará en sonar el fondo.

II. Lo que supo Werner

Fue en 1927, en Copenhague, a la sombra del viejo Bohr, cuando un joven Werner Heisenberg escribió una desigualdad que todavía hoy incomoda a los amantes del orden. La incertidumbre en la posición de una partícula, multiplicada por la incertidumbre en su momento —su cantidad de movimiento, su empuje, su hacia-dónde—, nunca puede ser menor que una cantidad minúscula y testaruda: la constante de Planck partida por cuatro pi. Cuanto mejor sabes DÓNDE está algo, peor sabes ADÓNDE va. Y al revés.

El homúnculo arrugó la nariz, que también es considerable, y dictaminó que aquello era cosa de instrumentos malos: con una lupa como Dios manda, con un microscopio de los buenos, uno sabría las dos cosas a la vez y se acabaría la tontería.

Bruna se desperezó. Primero las patas delanteras, luego las traseras, luego una cosa intermedia que no tiene nombre en ninguna lengua humana. Y entonces habló de verdad.

—No es la lupa, hombrecillo. Eso creía al principio el propio Heisenberg, que el ojo empuja lo que mira, que la luz con que alumbras al electrón le da un manotazo. Pero es más hondo. El electrón no TIENE las dos cosas a la vez. No es que tú no las veas: es que no están. Piensa en una nota de música. Una nota pura, un la perfecto, tiene una sola frecuencia, pero para ser pura ha de sonar siempre, desde el principio del mundo hasta el final; no puedes decir cuándo ocurre. Y un chasquido, un clac seco de nuez partida, ocurre en un instante exacto, pero contiene todas las frecuencias revueltas. O sabes cuándo, o sabes qué nota. Las dos a la vez, no. No es un defecto del oído. Es la forma que tiene el mundo de estar hecho.

Me quedé pensando en el sonido de las nueces que mi abuela partía en el porche, y en que nunca supe qué nota daban.

III. La reunión como instrumento de medida

Una reunión, si uno lo piensa con calma de olivar, es un aparato de medir. Se convoca para fijar posiciones. ¿Dónde está el proyecto? ¿En qué punto estamos? ¿Quién es responsable de qué? Se reparten actas, se proyectan diapositivas con semáforos verdes, ámbar y rojos, se dibujan cronogramas. Todo el ritual profano de la reunión aspira a lo mismo: congelar la partícula en un punto preciso del espacio para poder señalarla con el dedo.

Y aquí viene lo terrible, lo que Heisenberg nos dejó escrito sin saber que hablaba de comités. Cuanto más exactamente fijamos la posición, más se nos deshace el movimiento. El proyecto que se revisa cada lunes, cada miércoles y cada viernes queda perfectamente localizado… y perfectamente quieto. Todo el mundo sabe dónde está, porque nadie tiene tiempo de moverlo: están todos en la reunión de seguimiento, siguiendo aquello que, precisamente por ser seguido, ha dejado de avanzar.

—¡Entonces lo que hace falta —gritó el homúnculo, iluminado— es una reunión para decidir cómo reducir las reuniones!

Bruna no se molestó en contestar. Se lamió una pata con una minuciosidad que era, en sí misma, toda una ponencia.

Yo, que he pasado media vida en quirófanos, sé algo de esto. En la mesa de operaciones nadie convoca a nadie para preguntar en qué punto estamos. El corazón late o no late; la sutura aguanta o no aguanta. Las grandes decisiones se toman con las manos dentro, en el movimiento, sin acta. Las reuniones, aquellas interminables sesiones clínicas de los jueves, venían después, para explicar lo que ya había ocurrido. Medían la posición de un paciente que, para entonces, ya iba camino de casa.

IV. Las partículas virtuales del pasillo

Hay una segunda incertidumbre, prima hermana de la primera, que el homúnculo no conocía y que lo dejó con el lápiz suspendido en el aire. La que liga la energía con el tiempo. Cuanto más breve es un suceso, mayor es la indeterminación de su energía. Y de esa rendija nace uno de los misterios más hermosos de la física: el vacío nunca está del todo vacío. En intervalos fugacísimos, el vacío toma energía prestada y fabrica partículas que aparecen y desaparecen antes de que nadie pueda levantar acta de ellas. Partículas virtuales. Burbujas de ser que el cosmos se permite mientras nadie mira el reloj.

—Las ideas buenas son así. Nunca aparecen en el punto tres del orden del día. Aparecen en el pasillo, junto a la máquina del café, en la escalera, en el coche de vuelta, a las tres de la madrugada. Aparecen en los intervalos cortos, cuando nadie las ha convocado. La reunión larga tiene la energía muy bien definida, por eso es tan plana; la conversación de cinco minutos puede tener cualquier energía, incluida la que cambia una vida.

El homúnculo, que todo lo toma al pie de la letra, propuso inmediatamente suprimir las reuniones y celebrar únicamente pasillos. Pasillos largos, con su orden del día colgado en la pared. Bruna lo miró como se mira a un ratón que ha decidido hacerse vegetariano: con una mezcla de lástima y curiosidad científica.

No había entendido nada, claro. En cuanto conviertes el pasillo en reunión, el pasillo muere. La partícula virtual no soporta ser convocada. Es hija de la incertidumbre y se desvanece en cuanto se la mide.

V. Mediodía en punto

Entonces le hice a la gata la pregunta que me rondaba desde hacía rato. Yo también voy a reuniones que duran horas. Cada tenida en el templo, con sus aperturas y sus cierres, con sus silencios y sus baterías, con sus planchas leídas y sus turnos de palabra, puede alargarse más que el peor de los comités. Y sin embargo nunca he salido de una tenida con la sensación de haber perdido el tiempo. ¿Por qué?

Bruna bajó del murete, dio una vuelta completa sobre sí misma, como quien traza un círculo con el compás, y volvió a subir. Tardó en hablar lo suficiente como para que el sol bajara un dedo sobre la sierra.

—Porque en vuestro templo nadie mide. Fíjate en cómo empezáis. El que preside pregunta qué hora es, y le responden que es mediodía en punto. Pero no es mediodía, puede ser de noche cerrada, puede llover. No miráis el reloj: DECLARÁIS la hora. El tiempo del templo no se cuenta, se proclama. Trabajáis de mediodía a medianoche, y ese tiempo no se gasta porque no es una moneda; es un símbolo. Y fíjate en otra cosa: nadie le pregunta al aprendiz en qué punto de su obra se encuentra. Nadie le pide un informe de estado de su piedra bruta. Le dejáis en silencio, con el mazo y el cincel, para que se mueva. Renunciáis a saber dónde está para que pueda ir a alguna parte. Eso es lo que no saben las salas de juntas: que hay que elegir entre la posición y el camino.

Me pareció que la gata había comprendido la logia mejor que muchos hermanos con mandil bordado. Se lo dije, y no se inmutó; los gatos no aceptan el elogio, lo dan por descontado.

El homúnculo, en cambio, ya estaba diseñando un mandil para cada miembro del consejo de administración y un mazo de madera de olivo para el presidente. Decía que así, con un par de columnas a la entrada y un mosaico en el suelo, todas las reuniones del mundo se volverían iniciáticas. No le expliqué que el mandil sin silencio es solo un delantal. Hay cosas que el homúnculo debe descubrir tropezando.

VI. El arte de no saber dónde se está

Caía ya la tarde sobre la finca. La luz se iba por encima de los almendros con ese empuje dorado que tiene en octubre, y era imposible decir dónde estaba exactamente: estaba yéndose, que es otra forma de estar. Pensé que la luz del atardecer es el mejor ejemplo de Heisenberg que conozco. Si la detienes para fotografiarla, ya no es atardecer; es una postal.

Bruna pierde el tiempo todo el día y jamás lo ha perdido. Duerme sobre la piedra caliente, persigue una lagartija sin intención de alcanzarla, contempla durante una hora una grieta del muro donde quizá no hay nada. No levanta actas. No sabe en qué punto de su proyecto se encuentra. Y, sin embargo, cada vez que abre la boca dice algo que a mí me cuesta una semana de reflexión y al homúnculo una vida entera de malentendidos.

—Quien quiere saber exactamente dónde está, se queda quieto. Quien se mueve, nunca sabe del todo dónde está. No hay tercera vía, hombrecillo, ni con lupa ni con acta. La incertidumbre no es un fallo del mundo: es el precio de que el mundo pueda moverse. Perder el tiempo de verdad es pasarse la vida midiéndolo.

El homúnculo miró largamente su libreta, llena de columnas, cronómetros y nombres. Luego arrancó la hoja, la dobló con un cuidado inesperado y la convirtió en un barquito de papel que fue a dejar en la alberca. El acta de la reunión navegó un rato entre las hojas caídas de la higuera, sin rumbo conocido, con un momento perfectamente indeterminado. Era, por fin, un documento útil.

Al rato volvió, se sentó junto a nosotros y preguntó cuánto tiempo llevábamos allí hablando.

Ninguno de los tres lo sabía. Y por primera vez en todo el día, eso me pareció una excelente noticia.

MONCHO FERNANDEZ-PAREDES MESTRES 33º

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