¿PODEMOS NO MORIR NUNCA?

La inmortalidad cuántica y los universos paralelos

Hay ideas que, cuando las escuchas por primera vez, te dejan un rato mirando al techo. La inmortalidad cuántica es una de ellas. Dice, más o menos, esto: si existen infinitos universos paralelos, siempre habrá alguno en el que sigues vivo. Y como nadie puede experimentar su propia muerte, tú sólo conocerás aquellos en los que sobrevives. Visto desde dentro, la muerte nunca llegaría.

Suena a ciencia ficción, pero nace de la física más seria que tenemos. Así que merece la pena mirarla de cerca: de dónde sale, por qué seduce tanto y por qué, al final, no demuestra que sea imposible morir.

Un universo que se ramifica

En 1957, un joven físico de Princeton, Hugh Everett III, propuso una solución radical a uno de los grandes enigmas de la mecánica cuántica. Las partículas, mientras nadie las mide, están en una superposición de estados: aquí y allí, arriba y abajo a la vez. Pero cuando medimos, sólo vemos un resultado. ¿Qué pasa con los demás?

La respuesta clásica era que el resto de posibilidades «colapsa» y desaparece. Everett dijo otra cosa: no desaparece nada. Cada vez que hay varios resultados posibles, el universo se divide en ramas, y en cada rama ocurre uno de ellos. Todas son igual de reales; simplemente, no se comunican entre sí. Es la llamada interpretación de los Muchos Mundos: el cosmos no sería un río, sino un árbol que no deja de ramificarse.

El experimento que nadie debe hacer

En 1998, el cosmólogo Max Tegmark llevó esta idea a su extremo con un experimento mental. Imaginemos un dispositivo que cada segundo tiene un cincuenta por ciento de probabilidades de matar a quien lo observa, según un suceso cuántico puro. Para cualquier testigo, el observador morirá a los pocos segundos. Pero si Everett tiene razón, el universo se bifurca en cada disparo, y en una de las ramas el observador siempre sigue vivo. Desde su punto de vista, escucharía un clic vacío tras otro, para siempre.

Es importante decirlo claro: se trata de un experimento mental, como el gato de Schrödinger, una herramienta para pensar los límites de una teoría. Nadie serio lo ha propuesto nunca como algo que se pueda intentar.

La cuenta que parece salvarnos

Las matemáticas son sencillas. Si en cada ronda hay un cincuenta por ciento de sobrevivir, tras n rondas la probabilidad de seguir vivo es:

P(sobrevivir) = (½)ⁿ

Tras cien rondas, un número con treinta ceros detrás de la coma. La muerte es prácticamente segura. Pero el defensor de la inmortalidad cuántica hace otra cuenta: la probabilidad de haber sobrevivido sabiendo que hay alguien vivo para comprobarlo. Y esa vale siempre uno.

Aquí está la trampa. Decir que «todo el que observa algo está vivo» no demuestra que nadie muera; sólo demuestra que nadie puede presenciar su propia muerte. Es una tautología disfrazada de descubrimiento.

Por qué el argumento no se sostiene

Para que la inmortalidad cuántica funcione hacen falta varios supuestos a la vez, y ninguno está garantizado:

Que Everett tenga razón. Los Muchos Mundos es una interpretación respetable, pero compite con otras —Copenhague, Bohm, las teorías de colapso objetivo— en las que no hay ramas paralelas. Ningún experimento ha decidido todavía entre ellas.

Que la muerte sea un interruptor. El experimento de Tegmark funciona porque la muerte es instantánea: o vives o no. Pero la muerte real es un proceso: el cuerpo se deteriora durante años, la consciencia se apaga poco a poco. El propio Tegmark lo reconoce: no hay un instante limpio en que el universo se divida entre «vivo» y «muerto». En un apagado gradual no existe la rama salvadora.

Que el peso de las ramas no importe. En física cuántica no todas las ramas valen lo mismo; cada una tiene un peso que es justo lo que nos da las probabilidades que medimos en el laboratorio. Una rama con un peso de uno entre un quintillón no es «tu vida que continúa»: es una sombra casi inexistente. Ignorar ese peso es tirar a la basura la parte de la teoría que la hace funcionar.

Que «tú» sigas la rama. El argumento imagina a alguien que viaja de rama en rama. Pero en la imagen de Everett no hay viajero, hay copias. Si en una rama remota sobrevive alguien con tus recuerdos, ¿eres tú, o es otro muy parecido a ti en un lugar donde tú no estás? El filósofo Derek Parfit mostró lo poco clara que es esa pregunta.

Que se pueda comprobar. Si alguien hiciera el experimento, todos los demás lo verían morir en casi todas las ramas. Sólo el superviviente improbable «sabría» que la teoría es cierta, y no podría demostrárselo a nadie. Una idea que nadie más puede contrastar deja de ser física y pasa a ser fe.

La maldición de Titono

Los griegos ya intuyeron el problema. Eos, la Aurora, pidió a Zeus la vida eterna para su amado Titono, pero olvidó pedir también la juventud. Titono envejeció sin fin, encogiéndose hasta quedar convertido en una cigarra. Si la inmortalidad cuántica fuera cierta en algún sentido, se parecería más a eso que a un paraíso: ramas cada vez más precarias, sostenidas por casualidades cada vez más improbables, y en soledad, viendo morir a todos los que uno quiso.

Lo que queda

La conclusión honesta es esta: la física no ha demostrado que seamos inmortales. Lo único que se puede afirmar es algo muy condicional: si el universo se ramifica, y si la muerte fuera instantánea, y si la identidad siguiera a la rama superviviente, y si el peso de las ramas no contara, entonces nadie experimentaría su propio final. Demasiados «si», y al menos dos de ellos casi con seguridad falsos.

Aun así, la idea vale la pena. Es un espejo extraordinario de nuestro deseo de no terminar, y nos recuerda que el viejo misterio de la muerte sigue abierto incluso para la teoría más precisa que ha construido el ser humano. Quizá la lección sea la contraria a la que promete: no importa cuántos mundos haya, sino lo que hacemos en este, el único que compartimos con los nuestros.

MONCHO FERNANDEZ-PAREDES MESTRES 33º

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