EL DOBLE DEL HOMUNCULO

Era media tarde y el sol bajaba ya por detrás de los almendros cuando el homúnculo apareció por el camino del pozo, corriendo con esos pasitos cortos suyos que levantan más polvo del que corresponde a su tamaño. Bruna estaba donde siempre a esa hora: tumbada sobre la piedra tibia del muro, con los ojos a medio cerrar y la cola colgando como un péndulo cansado.

—¡Bruna! ¡Bruna, despierta, que es importante!

—No duermo —dijo ella sin abrir los ojos—. Pienso con los párpados bajados. Es distinto.

—Tengo un doble.

Bruna abrió un ojo. Solo uno. Quien la conoce sabe que eso, en ella, equivale a una invitación.

—Un doble cuántico —siguió él, sin aire—. Lo he visto en un vídeo. Dice que en otra realidad hay otro yo que ya lo ha conseguido todo. Que es alto. Que tiene casa propia. Que la gente lo saluda por la calle. Y que si te concentras antes de dormir, él te manda la información para que tú también llegues. Esta noche pienso contactar.

—¿Y qué le vas a preguntar?

El homúnculo se quedó parado. No lo había pensado.

—Pues… cómo se hace. Lo de ser alto, sobre todo.

Bruna se estiró despacio, primero las patas de delante, luego las de atrás, con esa dignidad que tienen los gatos para hacer las cosas en el orden que a ellos les parece. Después se sentó.

—Mira, pequeño. Es verdad que algunos físicos dicen que el mundo podría abrirse en ramas, como esa higuera vieja. Cada vez que algo puede pasar de dos maneras, pasan las dos, y cada una sigue creciendo por su lado. Hay gente muy seria que lo cree y gente muy seria que no. Pero hasta los que lo creen te dirán una cosa: las ramas no se hablan. La que crece hacia el pozo no le escribe cartas a la que crece hacia el camino. No hay correo entre ellas.

—¿Ni de noche?

—Ni de noche.

—¿Y lo de cuántico?

—Es una palabra que se ha puesto de moda. Antes se decía magnético, y antes eléctrico. Le pones cuántico a un colchón y te lo cobran el doble.

El homúnculo no pareció muy convencido. Se fue a mirar detrás del pozo, por si acaso. Luego debajo del banco de piedra. Luego se asomó al abrevadero, y allí, en el agua quieta, verdosa, con una hoja de higuera flotando, encontró a alguien.

—¡Ahí está! —gritó. Y enseguida, más bajito—: Pero es igual de pequeño que yo.

—Ese no cuenta —dijo Bruna—. Hace todo lo que tú haces, pero al revés. Es el doble más fiel que vas a tener en tu vida, y el menos útil.

El homúnculo se sentó en el borde del abrevadero, con los pies colgando sobre su reflejo. Estuvo un rato callado, cosa rara en él. Cuando habló, ya no tenía prisa.

—¿Sabes por qué lo quería encontrar, Bruna? Porque yo ya soy una copia. A mí me hicieron en una redoma, con paciencia y cosas raras, a imitación de un hombre. Pensé que a lo mejor en algún sitio había uno de verdad. Uno entero. Y que si lo encontraba, igual me explicaba qué me falta.

Bruna bajó del muro. No dijo nada enseguida. Se acercó y se sentó a su lado, lo bastante cerca para que él notara el calor, lo bastante lejos para no parecer que lo consolaba. Así consuelan los gatos.

—Eso que buscas —dijo al fin— es mucho más viejo que los físicos. Los egipcios creían que cada persona nacía con un gemelo invisible, una especie de copia hecha de aliento, que la acompañaba toda la vida. Cuando alguien moría, ese gemelo se quedaba en la tumba esperándolo, y la familia le dejaba pan y cerveza para que no pasara hambre mientras tanto.

—¿Pan y cerveza a un fantasma?

—A un doble. Que no es lo mismo. El fantasma es lo que queda; el doble es lo que espera.

El homúnculo se lo pensó.

—Hay también una historia antigua —siguió Bruna— de un príncipe al que mandaron a un país lejano a recuperar una perla. Allí comió lo que comían, vistió como vestían, y poco a poco se le olvidó quién era y a qué había ido. Hasta que un día le llegó una carta, se acordó, cogió la perla y volvió a casa. Y en el camino le salieron al encuentro con un vestido que le habían guardado desde niño. Un vestido de luz. Y cuando lo vio, se dio cuenta de que el vestido tenía su forma. Era él. Él tal como debía ser. Y dice la historia que el vestido también lo reconoció a él, y se le acercó.

—¿Los vestidos andan?

—En esa historia, sí. Por eso es buena.

Bruna se levantó y echó a andar hacia la casa. El homúnculo la siguió, porque cuando Bruna se levanta así no hay que preguntar, hay que seguirla. Rodearon la esquina del muro viejo, donde alguien dejó, hace muchos años, una piedra del campo tal como salió de la tierra: gris, llena de aristas, con una costra de líquenes. Encima, en el dintel de la puerta, había otra piedra. Lisa, escuadrada, con las esquinas vivas, encajada como si hubiera nacido allí.

—Mira esas dos —dijo Bruna—. Son la misma piedra.

—No se parecen nada.

—Por eso. Una es lo que era. La otra es lo que llegó a ser. Y entre las dos no hay ningún universo paralelo, ni ninguna rama de higuera. Lo que hay entre las dos es un hombre con un mazo, un cincel y muchas tardes.

El homúnculo miró la piedra de abajo. Después la de arriba. Después otra vez la de abajo, con un poco de simpatía, porque se le parecía.

—Entonces mi doble…

—Tu doble no está en otro mundo, pequeño. Está ahí arriba. Es la piedra que todavía no eres. No te va a mandar ningún mensaje por la noche, porque no le hace falta. Está esperando a que vayas tú.

—¿Andando?

—Andando. Como todo lo que importa.

—¿Y cuánto se tarda?

—Más o menos toda la vida.

—Eso es mucho para alguien de mi estatura.

Bruna lo miró con los dos ojos abiertos, que en ella ya es mucho decir.

—Los pasos cortos también llegan. Solo que se oyen más. Y quien camina sabiendo adónde va, aunque no llegue, ya se le va pareciendo.

El sol se había metido del todo detrás de los almendros y el aire olía a tierra que empieza a enfriarse. El homúnculo se quedó un buen rato delante de las dos piedras, con las manos en los bolsillos, haciendo cuentas que no se le daban bien.

—O sea —dijo al fin—, que mi doble soy yo, pero más adelante.

—Algo así.

—Y que no es más alto.

—Eso no te lo puedo prometer.

Él asintió muy serio, como asienten los que acaban de tomar una decisión importante.

—Pues esta noche no voy a llamar a nadie. Me voy a dormir pronto. Y mañana le pido a Moncho que me deje dar un golpe con el mazo. Uno solo. Para empezar.

—¿Un golpe con qué? —dijo una voz desde el camino.

Moncho volvía del huerto con la azada al hombro y tierra en las botas, como casi todas las tardes a esa hora. Se paró junto a ellos, miró las dos piedras, miró al homúnculo, y no hizo falta que nadie le explicara nada. Un hombre que ha pasado media vida con las manos dentro de corazones ajenos, y la otra media delante de una piedra, entiende ciertas cosas a la primera.

—Con el mazo —dijo el homúnculo—. Quiero empezar a ir hacia mi doble.

Moncho se rió despacio, sin burla, como se ríe uno de lo que reconoce.

—Yo llevo toda la vida dando golpes y todavía no le he visto la cara al mío. Pero te voy a decir una cosa: hay días en que el golpe sale limpio, y entonces noto que me está mirando.

—¿Y qué haces?

—Doy otro. —Se pasó la azada al otro hombro—. Mañana te enseño a coger el mazo. Con cuidado, que si te das en un dedo también aprendes algo, pero es una lección más tonta.

Y se fue hacia la casa. Al poco se encendió la luz de la cocina.

El homúnculo se volvió para contárselo a Bruna, pero Bruna ya había vuelto al muro y estaba otra vez tumbada sobre la piedra, que todavía guardaba algo del calor de la tarde, con los ojos cerrados.

No dormía, claro. Pensaba con los párpados bajados.

Que es distinto.

MONCHO FERNANDEZ-PAREDES MESTRES 33º

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